En el ciclo de Cámara de este año del Centro Cultural Miguel Delibes se pueden apreciar dos vertientes: una de distribución clásica o tradicional y otra estrictamente temática. Dentro de la primera, ha sido todo un lujo contar con y Nikolay , dos artistas en plena madurez que ofrecieron interpretaciones muy típicas de la escuela rusa de tres obras maravillosas.
Los comienzos, eso sí, fueron problemáticos, tanto el de la primera parte como el de la segunda. Repin comenzó descentrado en la primera de las Cinco melodías para violín y piano, y no consiguió el grado de perfección técnica esperable a lo largo de la obra, aunque, ayudado por Lugansky, de sonido potente, se ofreció mucho contraste entre las canciones, y se consiguió un enorme arco dinámico. Las dos últimas fueron las más satisfactorias, y el violinista tuvo más libertad para frasear y dotar de personalidad a sus intervenciones.
La versión de la Sonata de fue magnífica, no perfecta de nuevo por el lado técnico, donde se apreciaron algunos problemas en Repin respecto a la transición a los agudos y en los extremos, sino por concepto y lo que se suele denominar “idiomatismo”: es imposible sacar mayor partido, de nuevo, a la dinámica. Lugansky sonó muy poderoso, y arrastró a Repin hacia una especie de convencimiento de darlo todo. Los efectos de las famosas escalas cromáticas (el “viento del cementerio”), sin estar sobredimensionados, evocaron al más árido sujovéi, y el primer movimiento no pudo ser más mortuorio. En el andante se consiguió el milagro: Repin estuvo especialmente afortunado con las medias voces durante todo el concierto, y los ambientes recreados con ellas fueron tan sutiles que pueden considerarse una lección de cómo sacar todo el partido posible a esta música.
Franck legó un monumento en la mayor que de nuevo encontró aquí su clímax en el movimiento lento, Ben moderato. Podría contemplarse que el explosivo enfoque estilístico de estos dos artistas rusos en esta sonata no parece del todo adecuado para el carácter general de la obra; pero, una vez admitido, tiene mucho que ofrecer.
Hubo algún accidente al comienzo de la segunda parte, con Lugansky ligeramente descentrado (algunas notas falsas, algo raro en él) y Repin tampoco demasiado fino, como en la primera melodía de Prokófiev. Pero esto pasó rápido. En el Allegro todo sonó en su sitio, y los dos últimos movimientos fueron memorables por inspiración y resultados: de nuevo las medias voces de Repin, apoyadas por la perfección de Lugansky, fueron capaces de transmitirlo todo. Absolutamente on fire, el final provocó gritos de júbilo entre el público, que reconoció no solo la labor de los artistas, sino el placer que provoca este monumento de Franck. Entre las propinas, el movimiento final de la Kreutzer, infinitamente animado y optimista, completó ese camino hacia la luz que se quiso transmitir con un programa tan excepcional.
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