En su temporada del 170 aniversario, el Teatro de la Zarzuela ha querido reponer uno de sus más exitosos montajes recientes: el del título de género chico por antonomasia, el sainete lírico La verbena de la Paloma, en la producción de 2024 que contó con el prólogo cómico-lírico Adiós, Apolo escrito por el dramaturgo Álvaro Tato.
Tras la temporada pasada repleta de desafortunadas producciones escénicas, en su segundo año al frente del coliseo lírico, Isamay Benavente ha pisado sobre seguro al recuperar esta puesta en escena de hace tan solo dos años que fue confiada en el último curso de su mandato por el anterior director, Daniel Bianco, a la coreógrafa Nuria Castejón. Entonces, en la tarea menos habitual de directora de escena y en su plena competencia profesional como responsable de los bailes, Nuria Castejón revitalizó, como digna heredera de la saga zarzuelera que formaron sus padres los actores-cantantes Rafael Castejón y Pepa Rosado, la inmortal obra de Tomás Bretón y Ricardo de la Vega, contextualizando el final de ese periodo de esplendor del teatro por horas. Y lo hizo evocando el escenario que el 17 de febrero de 1894 vio el estreno de la Verbena, el del madrileño Teatro Apolo, “la catedral del género chico”, atestado de “morenos” (como se denominaba al público de ese recinto).
Aunque precisamente como espectadores la segunda impresión que produce un montaje no es la misma que la primera, que es cuando provoca mucho más efecto sorpresivo, es innegable que vuelve a seducirnos el clima de sainete en sí mismo que destila el locuaz, hilarante e hiperbólico texto hablado de Tato, en la mejor tradición del género chico, y sobre todo la nostalgia que, desaparecida la disparatada desesperación de toda la compañía por perder su empleo en el teatro, aflora en el Actor que encarnará a Don Hilarión -y que es un indisimulado reflejo del primero que le dio vida aquella noche de 1894, Manolo Rodríguez, aunque inexplicablemente se aluda a él como Emilio, ¿quizá el Mesejo que interpretó al primer Julián?-, defendido por un vibrante y dinámico Antonio Comas y el Director de escena de toda la troupe de actores y cantantes, un Rafa Castejón que vuelve a superarse a sí mismo en esa actitud afectada y airada con sus subordinados, antes de sus lapidarias frases finales. En suma, dos maestros del monólogo teatral que engrandecen este Prólogo.
Al margen del vertiginoso ritmo escénico que posee, Adiós, Apolo vuelve a erigirse como todo un homenaje sincero a ese teatro lírico de la calle Alcalá que fue la gloria de la zarzuela a finales del siglo XIX y comienzos del XX, hasta la fatídica última noche de ese 1929 en que levantó su telón antes de su derribo, circunstancia que describe el prólogo de Álvaro Tato con salteados detalles históricos que remiten a la situación política del momento (dictadura de Primo de Rivera) y al esplendor de la zarzuela corta, configurando un mini sainete lírico en sí mismo con la oportuna adición de números de obras líricas que se relacionan con la dramaturgia y que involucran a toda esa galería de personajes -modelos tipo de una compañía lírica de la época-, una fresca, animada y también caótica coralidad como en toda zarzuela de género chico castizo que se precie.
Así, las reivindicaciones feministas en el vestir al son del “Chotis de la garsón” de la revista El sobre verde de Jacinto Guerrero, el duelo de valses entre el Caballero de Gracia de La Gran Vía y Neptuno de El año pasado por agua de Federico Chueca, que se convierte en un mix-popurrí de ambos números; echar la culpa al cine de la quiebra del teatro lírico antes de que todos canten el singularísimo Tango del cinematógrafo (“Llévame al cine… mamá… matógrafo”) de La gente seria de José Serrano; el anhelo del director de representar zarzuela fuera de España: en Japón, mismamente, y para ello se baila la Polca japonesa de El pobre Valbuena de Tomás López Torregrosa y Quinito Valverde, o la última fotografía de grupo de la compañía antes de la función que, como no podía ser de otra forma, se toma con la Polca del fotógrafo de El bateo de Chueca.
Las bambalinas del Prólogo y el vestuario femenino felices veinte ceden paso a las fachadas de edificios y cartelería comercial de una calle del centro de Madrid por obra y gracia de la realista y cuidadísima escenografía de Nicolás Boni, que se mimetiza en hábil comunión con un vestuario tradicional que prepara Gabriela Salaverri y con las siempre ajustadas coreografías de Nuria Castejón, plenas de colorido y diversidad, que jalonan la escena. A saber: en el baile de la chulapa con el mantón de Manila durante el preludio orquestal, los pases que acompañan a la cantaora en medio de la vecindad que rodea el tablao o el casticismo durante la Mazurka, por no hablar de la escena final en la propia verbena, donde los figurantes no son meros espectadores del último episodio de los celos mal reprimidos del cajista Julián en sus encontronazos con la Tía Antonia y el boticario, sino que tienen su medido pase de baile.
En el primer reparto Borja Quiza dota al personaje de Julián del prototipo de galán despechado, con su distintivo arrojo vocal, un tanto extremado en sus dúos con la señá Rita, que aligera en el famoso dúo-habanera, y con un manejo raudo del texto. El barítono gallego encuentra de nuevo su perfecta contención en la veterana Milagros Martín, que con una voz acusadamente marcada en su registro grave, quizá más de lo acostumbrado, despliega con la maestría acumulada de actriz característica sus enormes bazas teatrales en una enésima señá Rita.
Tras su esforzada Pepita Jiménez de la temporada pasada, la soprano Carmen Romeu se mueve con holgura y comodidad en las escasas frases musicales de Susana, habiendo brindado en el Prólogo un modélico “chotis de la garsón”, junto a un trabajo actoral de gran personalidad y desenvoltura. Menos lucida en lo musical se muestra su compañera Lara Sagastizabal como Casta. Gurutze Beitia es una Tía Antonia a la antigua usanza, de voz cascada aunque sin grandes histrionismos y sin pasarse de rosca, como tampoco lo es el Don Hilarión de Toni Comas, en el que vuelve a potenciarse su carisma bailable de musical y sus poses a lo Gene Kelly en sus famosas Coplas.
Del resto del elenco hay que destacar la equilibrada vis cómica del tenor Gerardo López como Don Sebastián -estupendo Fotógrafo en el Prólogo-; la espectacularidad canora de la cantaora Sara Salado en su escena del café acompañada al piano por el siempre eficiente maestro repetidor Ramón Grau, opción flamenca discutible pero que confiere innegablemente de un carácter mucho más genuino al personaje que las tradicionales cantantes líricas; la excéntrica y pimpante Severiana de la actriz Ana Goya; así como las buenas intenciones del sereno y de los dos guardias, de los que vuelve a anularse su original procedencia gallega, a nuestro juicio, erróneamente.
Porque en la Verbena hay estereotipos, que la engrandecen en sí misma. En ello tiene muchísimo que ver la siempre compacta y afinadísima labor del Coro del Teatro y la excelente dirección musical de Carlos Aragón, que reviste a la orquestación de Bretón de sutiles detalles, realizando rubatos y acentos poco comunes en momentos como el preludio, con un tempo ralentizado y dilatado en el Nocturno.
Huir de riesgos innecesarios es una estrategia inteligente en un inicio de temporada, máxime si coincide con una efeméride más o menos redonda. Y en lo que respecta a la responsable de esta producción repuesta ya se conoce el dicho en el mundo lírico: ponga un Castejón en su vida y acertará.
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