España - Cataluña

Nacionalismos y nostalgias

Andreu Ripol
David Khrikuli
David Khrikuli © ESMRS
Barcelona, sábado, 24 de octubre de 2026.
Auditori de Barcelona. Bedrich Smetana: El Moldava. Frédéric Chopin: Concierto para piano y orquesta n.º 1 Op. 11. Serguei Rajmáninov: Sinfonía n.º 3 Op. 44. David Khrikuli, piano. Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Catalunya. Cristian Mâcelaru, director.
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Aseguraría que en toda la música presentada en este tercer concierto de la temporada de la OBC, emergen los dos términos que ilustran el título de nuestro comentario; dos términos con muy profundo significado. Porque, en general, nacionalismo y nostalgia van, si no cogidos de la mano, sí al menos marchando en paralelo, a no muchos metros de distancia el uno del otro. Aunque manifestándose de modo muy distinto, emerge una buena dosis de nacionalismo, y con ella, otro tanto de nostalgia, en las tres obras presentadas por la OBC; y añadiría que, al menos en dos de ellas, se podría acoplar una tercera palabra, también de significado profundo y también paralela a las dos que estamos barajando. Esta es, “exilio”.

Como acabamos de señalar, estos nacionalismos, estas nostalgias, y hasta estos exilios se manifiestan de forma distinta en cada autor y en cada obra, por este motivo he preferido poner en el título ambos términos en plural. La primera de las obras interpretadas, el famoso Moldava, segundo poema sinfónico del ciclo Mi patria de Smetana, es la que posee un espíritu más marcadamente nacionalista, y aunque en ella no hay exilio, particularmente creo que sí hay nostalgia, y mucha. El largo y fluido recorrido del río, tan bien descrito en la partitura, no es otra cosa que un paseo nostálgico de Smetana a través de sus amadas tierras bohemias, desde las montañas donde nace el río, surcando bosques y pueblos, bajo el sol radiante y bajo los reflejos de la luna, hasta llegar a la ciudad de Praga, donde se evoca la presencia de la fortaleza de Vysehrad, descrita en el primer poema del ciclo, y cuyo let motiv aparece, con toda su nostálgica grandeza, al final de El Moldava.

De este modo nos lo ha presentado la orquesta, bajo la batuta de un acertado Cristian Mâcelaru, quien se encuentra en el mejor momento de su carrera, tras haber asumido hace unos años el cargo de director musical de la Orquesta Nacional de Francia, y haber conseguido grandes éxitos personales con esta legendaria formación.

Al frente de la OBC, ha demostrado su gran nivel dirigiendo esta “pequeña-gran pieza” del repertorio checo, sabiendo exponer su raíz nacionalista y su nostalgia con gran expresividad e intensidad.

Las dos obras que han continuado el desarrollo del concierto incluyen, de algún modo y con perspectivas diferentes, la presencia del exilio en su espíritu nacionalista y nostálgico. El Concierto op 11 de Chopin marcó la despedida del joven compositor de su Polonia natal, la cual, aún sin sospecharlo él en ese momento, se transformó en un exilio definitivo. La obra se encuadra en el esquema de un romanticismo nacionalista, apasionado y brillante, y como es habitual en Chopin, vuelca el protagonismo hacia el piano solista, quedando la orquesta en un discreto segundo plano.

Para la audición del Concierto hemos contado con la presencia de David Khrikuli, joven y prometedor pianista georgiano, de tan solo veinticinco años, que causó sensación en el último Concurso Internacional Chopin de Varsovia, a pesar de no haber accedido a la fase final. Si tengo que remarcar los mejores momentos de la labor de Khrikuli, aplaudiría con fervor el Larghetto, que el joven virtuoso hizo encajar al cien por cien con la descripción que hizo el propio Chopin del movimiento: “una romanza tranquila y melancólica… una especie de ensoñación, a la luz de la luna”. Realmente, en los dedos de Khrikuli, el movimiento sonó como un nocturno, nostálgico y elegante, con el discreto refuerzo de la orquesta a sus espaldas. He de reconocer que la interpretación de este fragmento me pareció una de las más exquisitas que he escuchado.

El primer movimiento fue otra historia. La orquesta arranca poderosa, exponiendo en el preámbulo los temas que posteriormente desarrollará el piano, que está llamado a evocar un ímpetu netamente romántico. Aquí es donde la cosa no funcionó tan bien, ya que Khrikuli planteó este Allegro maestoso en la misma línea con que después nos ofrecería el Larghetto. A este primer movimiento le sobró elegancia y le faltó ímpetu. Todo él fluyó demasiado tranquilo, muy poético, pero me atrevería a decir que con sus contornos excesivamente suaves y demasiado bien acabados. Esta parte de la obra me dejó un sabor de boca algo insípido, pero la posterior interpretación del movimiento lento afianzó mi reconciliación con el joven pianista georgiano. Por su parte, el Rondó final, que con su sabor a danza popular es quizás el fragmento más nacionalista de la obra, apareció ágil y festivo, interpretado con impecable corrección.

Por cierto, resulta curioso que en los tres primeros conciertos de la temporada OBC, ya se hayan podido escuchar los dos Conciertos para piano de Chopin. Hace tres semanas se presentó el Concierto op 21 interpretado por otro pianista joven, Jan Lisiecki.

La segunda parte del programa, como suele ser habitual, hizo recaer todo el protagonismo en la orquesta y su director, enfrentados a una obra de alto voltaje, que esconde muchos matices y evocaciones bajo el manto de su brillante y potente arquitectura orquestal. La Sinfonía n.º3 de Rajmáninov posee el engranaje de las grandes piezas sinfónicas del maestro ruso, con esa grandilocuencia que solemos hallar en ellas, aunque en este caso, bastante por debajo de la exagerada voluptuosidad de la Segunda Sinfonía, y mucho más cercana a las Danzas Sinfónicas; no en vano, como estas últimas, la Sinfonía op 44 es una obra de madurez, cuyo carácter nostálgico emerge muy pegado al concepto de exilio, que a diferencia del exilio de juventud chopiniano, en un Rajmáninov de más de sesenta años, se presentaba ya como permanente y definitivo.

A mi modo de ver, la interpretación ha sido muy convincente, en especial en el tercer movimiento, que al igual que en el Concierto de Chopin, es donde se encuentran los más marcados trazos nacionalistas, plasmados en los ritmos de danza, que Mâcelaru ha dirigido con envidiable energía y precisión. Anteriormente, en el primer movimiento, hemos podido comprobar el buen dominio de la partitura por parte del director rumano, en la página de arquitectura más brillante y genuina del compositor, cuyos planos sonoros han llegado a oídos del público con gran claridad y pulcritud, mientras que el segundo movimiento, que unifica en una misma página movimiento lento y scherzo, ha gozado de una atención muy minuciosa por parte de la batuta de Mâcelaru, en especial en el Adagio, con la intención de plasmar del mejor modo posible las sugerentes sonoridades que se desprenden de la partitura. 

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