Países Bajos

Con Mahler en su casa

Agustín Blanco Bazán
Mäkelä dirige la Orquesta del Concertgebouw
Mäkelä dirige la Orquesta del Concertgebouw © 2024 by Milagro Elstak
Ámsterdam, miércoles, 28 de octubre de 2026.
Concertgebouw. Orquesta Real del Concertgebouw dirigida por Klaus Mäkelä. Sinfonía número 7 de Gustav Mähler.
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“¡Aquí está: la partitura de Melgelberg!” Me la mostró Klaus Makëla después del ensayo para la Séptima sinfonía que dirigiría esa misma noche en la Concertgebouw. Y allí también está, cerca de su camerino y en el pasillo justo detrás del monumental órgano el bellísimo busto de Gustav Mahler donado por su hija Anna. La casa que también alberga el manuscrito original de la Séptima sinfonía donado por Alma, la volátil viuda del compositor, a una orquesta que antes que ninguna otra descubrió la inmensidad de sus sinfonías.  

Con Mäkelä hablamos de la Séptima antes de que pasara a otro ensayo, el de la Academia de la Concertgebouw, la institución encargada de formar nuevos talentos orquestales que celebraba sus veinticinco años con una velada festiva la noche siguiente. “Disculpen que no ensayemos más tiempo esta tarde, pero a la noche tengo que dirigir la Séptima de Mahler” se excusó el director, “Pero mañana por la mañana seguimos ensayando para la noche.” Para esta ocasión las obras fueron el Doble concierto para viola y clarinete de Max Bruch y la Sinfonía con órgano de Camille Saint Saëns.

Mi primer comentario sobre lo ocurrido con la Séptima mahleriana es sobre la magia que pareció colarse entre el ensayo de la mañana y el valor agregado en la velada horas más tarde. El ensayo consistió en una interpretación completa de la sinfonía, seguida de una sesión en la cual el director dialogó con los miembros de la orquesta y con el técnico de sonido sobre aspectos precisos de la ejecución.

Digo “dialogó” porque no recuerdo haber visto un ensayo más digno de ser llamado “trabajo en común” por la inmediatez entre un director y su orquesta, el primero sugiriendo, y la segunda preguntando y comentando, algo inconcebible en los directores de generaciones anteriores: “con aquellos, un representante de la orquesta podía a lo sumo conversar en privado sobre diferencias interpretativas con el director, pero nunca durante un ensayo abierto”, me comentó Jose Luis Sogorb Jover, un alicantino que viene integrando la orquesta desde once años. “¡Esta es mi cuarta Séptima tocando la trompa!”

Busto de Mahler en el Concertgebouw de Ámsterdam. © 2026 by Agustín Blanco.Busto de Mahler en el Concertgebouw de Ámsterdam. © 2026 by Agustín Blanco.

Y repito que hubo magia en el concierto propiamente dicho porque sospecho que ni el director ni la orquesta alcanzaron a darse cuenta de lo que estaban logrando. Tal fue el valor agregado que aportó una de esas raras interpretaciones que parecieran trascender con vida propia a quienes la ejecutan.

En contraste con la sobriedad del ensayo, Mäkela se explayó en la ejecución con gestos firmes, a veces hieráticos, por ejemplo, algún puño elevado con la boca abierta como lanzando un grito mudo en algunos momentos culminantes (sólo en momentos culminantes, no como Simon Rattle que dirige con la boca abierta todo el tiempo). El Allegro inicial (Lento, resuelto, pero no tanto, instruye Mahler) salió con una concisa precisión y extraordinaria variedad cromática, y la primera Nachtmusik (música nocturna) fue marcada con una mezcla de espontaneidad y premura que … sí … permítaseme el lugar común que parece usó alguna vez el mismo Mahler, reflejó algo similar a la intensa serenidad de alerta de los ciudadanos en ronda nocturna inmortalizados por Rembrandt en el fresco exhibido a pocos metros de la Concertgebouw.

Enseguida y sin el respiro de una pausa, Mäkelä, se inclinó sorpresivamente sobre la partitura para iniciar un scherzo que de esa manera salió como extensión natural de la Nachtmusik a través de colores más oscuros y marcados más urgentes. Pero siempre con una espontaneidad excluyente de esos excesos expresionistas con que en algunas versiones se trata de acentuar un carácter equivocadamente siniestro.

La segunda Nachtmusik fue un acertado balance de despreocupado cantabile y firme articulación y el Rondo finale una calidoscópica explosión de tiempos y contrastes diversos magistralmente integrados en los tutti y con suprema calidad de detalle: nunca recuerdo haber escuchado con mayor nitidez las intervenciones de mandolina, rute, glockenspiel y el balance entre percusión, metales y cuerdas. Mäkelä asocia esta sinfonía con los Gurrelieder y siente esta sinfonía como una síntesis de Schönberg y Berlioz. “Es importante planear una estructura que integre y dé sentido precisamente a la diversidad de la obra, sus constantes variaciones de tiempo. Y, algo importante, es fundamental transmitir lo impredecible que nos acecha a lo largo de todo el desarrollo.”

A la mañana siguiente el director se presentó ante los jóvenes de la Academia con la frescura de quien vuelve de vacaciones. Y con entusiasmo similar al de noche anterior atacó las obras de la velada vespertina. También aquí volvió a infiltrarse la magia de la casa de Mahler, esta vez esclareciendo la Sinfonía de Saint Saëns con la luminosidad solo concebible en una sala y una orquesta integrados en una incomparable simbiosis artística. 

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