Bajo el título Aión la Compañía Nacional de Danza de Muriel Romero ha propuesto en su visita al Teatro de la Zarzuela -en este caso fuera del periodo navideño, en enero de 2027 recalará en el Teatro Real con NúmEros (II)- un tríptico coreográfico que por medio de la danza clásica y contemporánea concibe el movimiento desde la perspectiva temporal:
Aión se articula como una exploración del tiempo a través del cuerpo. Un tiempo que no avanza, sino que permanece, se transforma y reaparece. Lejos de una lectura lineal, Aión propone un espacio donde pasado, presente y futuro coexisten. Un territorio donde la tradición, la ruptura y la trascendencia no se suceden, sino que se superponen. Donde el cuerpo no solo ejecuta, sino que encarna el tiempo, una experiencia en la que el movimiento no termina, sino que permanece.
La declaración de intenciones está clara y poco más se puede añadir al objetivo y mensaje de la propuesta, que ha supuesto todo un reto a la hora de combinar lenguajes y estéticas aparentemente tan diferentes e irreconciliables. Como es acostumbrado, la Compañía Nacional de Danza diseña tres coreografías autónomas que se expresan por sí solas, sin depender unas de otras, aunque compartan entre sí elementos técnicos o estéticos dentro de esa intencionalidad de viaje a través del tiempo.
Paquita es, junto con Don Quijote, una de las partituras de ballet más famosas del compositor Ludwig Minkus, ambos con temática española y por tanto exótica, aunque ese “exotismo” o “españolada” se vierta más en la obra inspirada en el clásico de Cervantes que en la historia de amor entre una gitana española y un oficial napoleónico para la que Minkus destinó una elegante partitura de expansivos arcos melódicos y briosos ritmos de tres por cuatro. La reducción de media hora de este ballet clásico que aquí propone la Compañía de Muriel Romero, un Grand Pas Classique que integra el prólogo, un paso a dos, un pas de trois, cuatro breves variaciones solistas y la coda, incluye interpolaciones de Édouard Deldevez, que como argamasa ayudan a cohesionar la narratividad musical.
Bajo cinco arañas como elemento escénico a cargo de Laura Ferrón y un sobrio escenario azul, la simetría es la nota dominante en la coreografía original de Marius Petipa (que había residido en España) y Joseph Mazilier, que distribuye por entradas hasta catorce bailarines del cuerpo de baile. La precisión y el equilibrio en las puntas con la más pura estética del ballet blanco favorece la exhibición plena de los tres bailarines principales, con Cristina Casa dando vida a la protagonista como la estrella indiscutible de la noche, siempre ágil y con exquisita finura en sus pirouettes, que desembocan en la apoteosis final de giros, sin desestimar el magnífico trabajo aéreo en grand jetés de su partenaire masculino -con un par de riesgosos aterrizajes- y el no menos deslumbrante y virtuoso manejo de las dos parejas solistas en sus variaciones a solo. Para el encaje de todas las piezas contribuye la Orquesta de la Comunidad de Madrid bajo la batuta del director británico especializado en ballet Daniel Capps, quien con pulso ligero y amplitud lírica da buen lustre a la música de Minkus.
Petite Mort, coreografía de 1991 de Jiří Kylián para el Nederlands Dans Theater con ocasión del segundo centenario del fallecimiento de Mozart, versiona los movimientos lentos de dos de sus más célebres conciertos para piano, los números 23 KV 488 (Adagio) y 21 KV 467 (Andante), respectivamente. Asistimos aquí a un visceral despliegue de masculinidad y corporalidad con el apoyo de espadas de atrezzo y lonas en un ejercicio físico de fuerte latencia sexual.
Entre los bailarines masculinos, es Alessandro Riga, una de las primeras figuras de la Compañía, quien descuella exhibiendo sus credenciales como uno más del cuerpo de baile. Junto a la formación sinfónica madrileña, la coreografía cuenta con la participación solista del pianista tinerfeño Gustavo Díaz Jerez, que ofrece su personal visión, rubateada y muy adornada en las líneas melódicas, de los dos célebres movimientos mozartianos.
Por último, The second detail de William Forshythe es quizás la coreografía que peor ha envejecido de las tres convocadas por la Compañía Nacional de Danza. Estrenada también en 1991 para el Ballet Nacional de Canadá, este baile colectivo cuenta con la música pregrabada de sonoridades midi de Thom Willems, que, sobre un escenario abierto, es el paraguas sonoro de obsesivos golpes rítmicos –un organigrama minimal de connotaciones maquinistas- para el complejo despliegue de movimientos simultáneos y yuxtapuestos, que combinan la rigidez del ballet clásico con la libérrima evolución del cuerpo de baile como todo orgánico, una hiperactiva coralidad en la que el movimiento apenas muere vuelve a nacer en un nuevo gesto o postura.
El sonido de ese lenguaje musical de tecnología noventera más que “permitir al público relajarse y abrazar el evidente disfrute de los bailarines”, como apuntan las notas al programa, produce una sensación martilleante y poco agradable durante los 22 minutos de duración de la coreografía, cuya impresión producida es la de la dualidad entre la más descontrolada libertad de movimientos y la sensación de enclaustramiento con la típica iluminación de una terminal de aeropuertos.
Tres estampas que se ven separadas por lapsos de interrupción de 20 minutos, lo que hace un exagerado saldo de 40 de descanso, un timing mayor que cualquiera de las tres propuestas de Aión tomadas individualmente. Espectáculo en su conjunto que cosecha un abrumador éxito por los pacientes espectadores, resultado brillante gracias como siempre a los atributos físicos y técnicos de la excelente Compañía Nacional de Danza.
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