Si el día anterior, cuya crítica les hará llegar mi joven amigo y compañero Ismael González Cabral, el público que, igual que en esta ocasión, casi llenaba la Sala Joaquín Turina, salió entusiasmado tras la escucha de los cuartetos de cuerda impares de Bartók, tras la interpretación de estos cuartetos pares se despidió del Ciclo de Música de Cámara de esta temporada de la Fundación El Monte impresionado, sobrecogido, con esa sensación que pocas veces se siente en la vida de haber asistido a un milagro de perfección, surgido tanto de las obras como de sus intérpretes. No había calificativos suficientes, de modo que muchos optamos, tras cansar nuestras manos con los más largos y atronadores aplausos oídos por mí hace mucho tiempo, por abandonar el lugar en un silencio maravillado y nos despedimos como sumergidos en burbujas embrujadas, de…
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