Hay ocasiones, desgraciadamente no muchas, en las que, aunque hayamos tenido un día pésimo por las razones que sean, nos invada la sensación de que la mala suerte se acumula inmisericorde y, por ello, nuestras ganas de disfrutar del arte musical no resultan demasiado entusiastas, se termina la jornada con el sentimiento de que ha merecido la pena poner un pie detrás de otro en el duro suelo, allá temprano, mientras en la cabeza resonaba el amanecer de la Sinfonía Alpina de Strauss, versión Thielemann (reminiscencias de velada discófila programática y noctámbula). En la tarde de martes, cansina y calurosa, uno recuerda que tiene un par de entradas para un recital de piano. Sí, no apetece mucho, pero... aunque cuesta subir la montaña, las vistas suelen ser extraordinarias desde arriba.Algo se vislumbra ya cuando en el programa de mano se…
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