Sentado a una mesa del restaurante Vizcaya, Pavle Vujcic, tuvo una visión. Entre remembranzas de orquestas antiquísimas, y ruidos de finanzas diezmadas vio un filón, una grieta por la que podía pasar la música, su música, la que él es capaz de crear.Si no están disponibles grandes teatros, ni pequeñas salas de conciertos, ni patrocinadores de lujo y ni siquiera modestos patrocinadores, el músico no puede permanecer de brazos cruzados, no hay que esperar que la nada crezca. Esa es su convicción, por eso negoció y emprendió una escaramuza arriesgada.Se plantó en el ruedo, y ante los ojos incrédulos de las graderías, hizo el primer concierto-cena del que se tenga memoria en Santo Domingo. Hizo el primero, con el Cuarteto Del Orbe, interpretando entre otras obras La muerte y la doncella, de Schubert; hizo el segundo, también con el Cuarteto…
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