Hace muchísimos años, cuando Antoni Ros-Marbà era director titular de la Orquesta Ciudad de Barcelona y un servidor estaba en la edad de aprenderse de memoria las declinaciones griegas, escuché al maestro proclamar su enorme admiración por la música de Johannes Brahms. Reconozco que entonces no fui capaz de comprender el porqué de esa afinidad, porque tampoco lograba hincarle el diente a una música que me parecía tan difícil como aburrida. Igualmente confieso que el proceso de aprehensión de la obra brahmsiana me requirió largas y concentradas dosis de paciencia, hasta que por fin llegué a un punto de entusiasmo similar (salvadas sean todas las distancias entre un profesional y un aficionado). Proceso que, con la perspectiva del tiempo, se me antoja lógico porque me ha servido para reconocer en Brahms a un puntal en la historia de la…
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