Estamos en Valencia. Es domingo. Excelente temperatura. Tranquilidad. Para comer, claro, paella. Descansas. Y crees que comprendes en qué consiste la felicidad. Sabes que es finita, incluso un poco tonta, y no te importa. La disfrutas. Y te vas a un concierto. Y entonces, de golpe, te das cuenta de que no tenías ni idea. Se te abren los oídos, los ojos, los poros. Lo sientes. La felicidad aspira a ser infinita y eterna. Anhelas. Y no quieres que esas dos mujeres dejen de tocar. Porque, malditas sean, te han arrancado de tu satisfacción complaciente y abarcable y te han proyectado a un mundo sin límites del que no quieres volver. Y escuchas. Y gozas. Y, conmovido, lloras.Lloras porque esa violinista de veintitrés años está pasando el arco por tu médula, no por las cuerdas de su instrumento, cuando desgrana una a una las notas de la…
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