En cierta ocasión, cursando el sexto año del bachillerato de letras –cuando lo había, así que retrocedan ustedes en el túnel del tiempo-, el sacerdote que impartía clase de religión nos espetó a los asombrados alumnos lo siguiente: ‘como ya he pasado de los cuarenta años de edad, ya puedo tener manías, y mi manía es que soy comunista.’ Lejos de escandalizarme (los curas ‘rogelios’ no eran tan raros entonces), preferí aprender la lección, de modo que como uno también está en la edad de tener puñetas, les expongo las mías:Por de pronto, me parece que el celebérrimo Adagio de Barber es una obra demasiado breve para empezar un concierto, y por ende, para que tanto la orquesta como el público entren en calor, con el consiguiente peligro de que se convierta en una interpretación inútil. Pero mis temores fueron disipados cuando observé que el…
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