Cuando vi el cartel de este concierto al anunciarse la temporada de la Real Filharmonía, anduve un buen rato exprimiéndome las meninges para averiguar qué tipo de efeméride feminista se celebraba el 5 de febrero. Ninguna: si figuraban cuatro obras de sendas compositoras en el programa, actuaban una pianista y una violonchelista, y además lo dirigía una mujer, eso se debió a la sola voluntad de quien tuvo la responsabilidad de organizarlo, y por el mero hecho de querer mostrar el trabajo de una parte de la creación musical tan desdeñada como merecedora, al menos, de conocimiento. Empeño divulgativo que quedaría a medias si, además del sonido, el público –y me incluyo- no contara con una guía literaria inmediata de lo que iba a suceder: pocas veces unas notas al programa de mano han justificado más su necesidad, y pocas veces la han…
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