IImaginen un concierto de la Orquesta de Filadelfia en el que sólo se toque música muy ruidosa: el Don Juan de Strauss, España de Chabrier, y el Bolero de Ravel; imaginen que en medio del griterío de un público enfervorecido al final de la función, el director -un tal Riccardo Muti- anuncia ‘e dopo la Spagna, l’Italia’, y acto seguido suena el Nocturno de Giuseppe Martucci; e imaginen que ése es uno de los momentos que la memoria auditiva de este comentarista se llevará a la tumba. Pues bien, no se trata de comparar aquí a la célebre centuria pensilvana con la Real Filharmonía –entre otras cosas, porque no son conjuntos comparables-, pero sí de poner en negro sobre blanco que la llamada ‘música nocturna’ de ningún modo puede traducirse en sonidos legañosos que inviten al sesteo: y la interpretación que Juanjo Mena dio de esta obra de…
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