Stanislaw Skrowaczewski es un tipo menudo, más bien bajito y delgaducho, usa gafas de montura negra, tiene las manazas de un labriego, lleva el pelo descuidado, su gesto es nervioso y sus andares impacientes; vamos, que tiene pinta de cura de pueblo. Su frac gastado habla de muchos años de ecumenismo, su batuta corta es un símbolo de modestia, y su apuro al recibir el sonoro reconocimiento de la orquesta destila humildad. Bien mirado, más que un cura, parece un misionero.Porque muy misionero hay que ser para creerse el Segundo concierto de Chopin como él se lo cree. Y sobre todo para transmitir esa creencia: desde el primer compás le dió la vuelta al concepto más o menos extendido (servidor reconoce que participa de ello) de que en esta pieza la orquesta está puramente de adorno y trabajó el acompañamiento con tal denuedo que llegó a…
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