Y, de repente, la cabeza se nos llenó de imágenes. El poder evocador de la música de Ravel, unido al talento interpretativo de un joven pianista obró el prodigio de hacernos ver la música. La circular vivacidad de sus Mariposas Nocturnas había abierto el camino: durante la ejecución de Pájaros Tristes, aparecieron como breves instantáneas transparentes cendales de niebla. Pero fue en Una barca en el Océano donde el mar estalló en luz y unas brillantes escalas descendentes aproaron hacia las más luminosas olas que se hayan podido oír en el Rosalía. Una Alborada del Gracioso llena de un garbo antes desconocido en Núñez nos dio la pista del gran salto cualitativo experimentado por este pianista; pista que se hizo evidencia en El Valle de las Campanas, en el que la profundidad de su interpretación y la musicalidad que desplegó dieron clara…
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