Deslumbrante como el Mediterráneo en un cuadro de Sorolla, cálida como un ocaso en el Adriático, o sutil como un rayo de sol atravesando un jirón de niebla, la música sinfónica de Mahler evoca siempre una luz especial. Aunque no siempre ‘se ve’ de principio a fin de la obra ejecutada, nunca deja de mostrarse en sus diversos matices y en mayor o menor grado. En los cuartos movimientos de sus sinfonías 2ª y 3ª, el comienzo del canto de la mezzo o la contralto se manifiesta como si del origen mismo de la luz o del primer amanecer visto por el Hombre se tratase.Así ocurrió una vez más en el concierto del sábado 3 en el Palacio de la Ópera de La Coruña cuando Marjana Lipovsek comenzó a cantar al inicio del cuarto movimiento Urlicht, llena de misterio y con una sutilísima gradación de la dinámica. Su timbre es rico y la voz bien llena en todos…
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