Cuando voy al ‘Tanatorio’ (perdón, Baluarte es su nombre, aunque le llamemos Tanatorio) recorro por fuerza la ‘Plaza del Esguince’ y entonces no tengo mejor cosa que hacer que unirme a los que gracias a su ‘perfecto’ adoquinado han sufrido ya la rotura de fibras correspondiente y se acuerdan de los antepasados del genio de la arquitectura que diseñó ambas cosas y no para orar por sus almas precisamente. Digo que cuando voy al Baluarte (prometo que es de la última vez que me meto con semejante obra, salvo que me den razones para romper mi promesa) añoro las formas, la luz y el color de otros Auditorios, por ejemplo el de Bilbao, situado en los terrenos donde estaba la antigua Euskalduna, el de Sevilla o el de Zaragoza. Aquí todo son cajones y, por lo tanto no dejas de sentirte encajonado a distintas longitudes, anchuras o alturas, pero…
Comentarios