La verdad, había más de uno que no se lo podía creer y usaba la clásica pinza compuesta por pulgar e índice para masajearse bajo el entrecejo, junto a los lagrimales, como queriendo aclarar la vista, o intentando despejar la duda de si lo que se oía era real: ¿quizás música?, onírico: ¿tal vez un sueño? o, al fin y a la postre (por Dios, esa palabra ni nombrarla, que se me revuelve la cabeza; que hoy es sábado y hemos comido en casa con la familia y, bhhf, ya sabe Vd cómo es eso), un problema digestivo: quién sabe si una pesadilla producto de los excesos gastronómicos del fin de semana. El caso es que algunos no soportaron tanta ‘modernidad’ -obras de la década de los sesenta del siglo pasado o sea el de la mayoría de quienes esto escribimos o leemos, el nuestro, el XX- e hicieron mutis por la entrada rumbo al hogar, donde una…
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