Ya en la semana final del Festival santanderino, le llegó el turno a la música sinfónica, que dio comienzo con la visita de una buena orquesta, la Sinfónica de Berlín (BSO) y un gran director, Eliahu Inbal.
En la primera parte, los Kindertotenlieder de Mahler no defraudaron, pero tampoco apasionaron, y no por culpa de Inbal y de su orquesta: pocos acompañamientos tan sensibles como los del israelí, de una finura y elegancia poco comunes. Los peros vinieron de la voz y la interpretación. Iris Vermillion fue una mezzosoprano que cantó con aplicación, redondeando cada respiración, pero no consiguió transmitir la emoción ni ahondar en la profundidad narrativa que requiere la obra, y que ha de expresar esa transición de la soledad, a la toma de conciencia de la desgracia pasando por la desesperación, que leemos en los poemas de Rückert.
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