Costó un poco que se hiciera el silencio debido antes de empezar la Noche transfigurada, y Salonen tuvo que echar mano de su nórdica paciencia, anacrusa en alto, antes de que se calmaran las toses, cuchicheos y hasta un conato de llamada telefónica entre el escasísimo público que esta noche apenas ocupaba algo más de medio aforo del Palau. Pero si difícil fue conseguir la atmósfera para empezar, sin embargo el obligado, largo y callado respiro antes de aplaudir salió bastante natural entre el respetable. Y no sólo al final de la primera parte del concierto, sino también tras la segunda: porque éramos pocos, sí, pero sabíamos a lo que veníamos. A pesar de que la Philharmonia Orchestra es una de las grandes -digan lo que digan en Gramophone-, y de que en Barcelona tenemos la suerte de que nos visite con regularidad desde hace más de tres…
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