A la vuelta de las vacaciones de verano, las Administraciones públicas se suelen encontrar con dos problemas gordos: de una parte, urge elaborar los presupuestos del año siguiente; de otra, hay que acabar de gastarse los cuartos del ejercicio en curso. El primer jaleo se lo quitan de en medio tan pronto remiten las cuentas a su parlamento; pero el segundo es más difícil de solventar: sí, aunque parezca mentira, es mucho más fácil recaudar dineros que gastarlos, y a un gestor de la cosa pública se le suben más los colores cuando le pasan por la cara que no ha sabido gastarse sus partidas, antes que si ha ingresado menos de lo previsto. De manera que, en muchas ocasiones, la consecuencia –ya la imaginan ustedes- es la improvisación, que en materia de recursos públicos recibe el nombre de despilfarro.
A las Cajas de Ahorros –híbrido…
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