La Orquesta Sinfónica de San Francisco nunca ha gozado del mismo predicamento que sus compañeras, las llamadas big five (Chicago, Cleveland, Filadelfia, Boston, Nueva York, en mi particular orden de preferencia); incluso con su vecina, la Filarmónica de Los Ángeles, la comparación es habitualmente desvaforable. Y no es porque sea una mala orquesta –que no lo es-, sino simplemente porque las otras son mejores: por de pronto, su cuerda es bastante pobretona, con los agudos muy metálicos y los graves faltos de profundidad; pero además, la madera no es particularmente elegante, y el metal suena tirando a hueco. Tal vez esto sea debido a que desde su fundación en 1911 la orquesta ha tenido nada menos que once directores titulares, sin que ninguno de ellos haya permanecido en el puesto el tiempo suficiente como para imprimir una personalidad…
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