... la orquesta sonará mejor. Sobre todo si el gesto es nervioso, impreciso y desordenado, porque de ese modo lo que uno consigue es el desconcierto entre sus músicos. Los ocho escasos minutos de la obertura de Coriolano bastaron para dejar bien a las claras lo que iba a ser este concierto: mientras el norteamericano William-Michael Costello acabó sudando y resoplando, la orquesta y el público nos quedamos igual de fríos. Órdenes ultradecibélicas para trompetas y timbales dejaron de lado el más mínimo matiz en la cuerda, escasamente trabajada en la carnosidad que debe procurar el sustento de esta pieza. Matiz que de ningún modo se encontró en los ‘pizzicatti’ que cierran la obra, que salieron huecos y sin personalidad, por más que Costello se empeñara en teatralizarlos con la batuta.
El viejo dicho de que no hay orquestas malas sino…
Comentarios