El concierto se terminó pasadas las once de la noche, con la Obertura de Los Maestros Cantores de propina. Pero un servidor no concilió el sueño hasta bien entrada la madrugada. ¿Excitación? No. Hace ya muchos años que Ángel Mayo me enseñó que uno no debe sublimar sus frustraciones con la trompetería wagneriana –y de eso hubo hoy un rato largo. Nada de excitación, pero la experiencia vivida esta noche, en la que, como tan pocas veces ocurre, al gran placer sensorial se une un altísimo gozo intelectual, hace que uno no pueda irse a dormir así como así. Antes deben apaciguarse los sentidos y relajar el músculo cerebral, y eso lleva su tiempo. Mucho tiempo.
Christian Thielemann (Berlín, 1959) acaba de tirar la toalla en la lucha fratricida entre las óperas berlinesas, pero en Múnich he visto carteles enormes por las calles que anuncian la…
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