Buen aspecto el que presentaba el auditorio, esta vez, gracias a la excelente afluencia de público, en contraste con la noche en que lo visitó Brüggen. Las obras, es cierto, son más vistosas por la presencia del coro y su oportunidad para el lucimiento, que desde luego no fue desaprovechada, sobre todo en la famosa obra de Bach, que ocupó toda la segunda parte.
El concierto, en líneas generales, fue magnífico, con salvedades pequeñas pero reseñables. Quizá la más evidente deba hacer referencia al patente desequilibrio entre los (pocos) instrumentistas de cuerda y la sonoridad de los metales. Se puede pensar que esto no es tan extraño en la orquestas de época; sin embargo, en el extraordinario concierto que Emmanuelle Haïm dio el año pasado, precisamente también con el Magnificat, no adoleció de lo mismo: la cuerda y el coro eran más…
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