A salvo de un estudio concienzudo de los datos, diría que en el siglo pasado la interpretación de las sinfonías de Anton Bruckner estuvo confinada en tres o cuatro lugares de Centroeuropa hasta bien entrada la última postguerra. Simplificando, vienen a la cabeza nombres como Furtwängler, Knappertsbusch, o Van Beinum, en ciudades como Berlín, Viena y Amsterdam. Tras ellos, la siguiente generación –Böhm, Karajan, Jochum, Celibidache- se benefició de la eclosión de las grabaciones estereofónicas para dar a conocer al maestro de Ansfelden. Pero sorprendentemente, hoy en día, muerto Günter Wand y jubilado Carlo Maria Giulini, no quedan directores brucknerianos –me temo que el irregular Barenboim y el superficial Chailly, incluso el honradísimo Haitink, jamás jugarán en esa liga-, si exceptuamos la incógnita Thielemann (que en buena lógica…
Comentarios