Como cada mes de enero desde hace veintiún años, los Reyes Magos de Oriente dejan en Canarias un Festival de Música como una casa, lo cual es incomprensible, porque debería tocarnos carbón.
Digo esto porque el Festival tiene lugar en una tierra donde el empresariado y los políticos se vuelcan en salvar de la quiebra a un equipo de fútbol como la Unión Deportiva Las Palmas (descendida en el pozo de la Segunda División B, su lugar natural), cuya supervivencia consideran "cuestión de Estado", mientras que la alcaldesa de la localidad en la que se inaugura el Festival no va al estreno porque "es tarde y hace frío". Pasan olímpicamente de lo cultural, ni lo entienden ni se les pierde nada por allí. El Festival de Canarias es como la flor de loto, que nace en el barro.
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