Dejando aparte el espinoso asunto concerniente al grado de ‘occidentalización’ de la música de Chaicovsqui, hay por lo menos un par de hechos ciertos que apuntalan la querencia de este autor por el sonido occidental: de una parte, Chaicovsqui salió alucinado –en el mejor de los sentidos- del Festival de Bayreuth; y por otro lado, no se cansó de alabar las cualidades tímbricas de la Orquesta Filarmónica de Berlín. Obviamente, ninguna de estas circunstancias pudo concurrir en la composición de su Romeo y Julieta, que lleva fecha de 1869, pero sin duda la tradición interpretativa occidental las ha aplicado de forma extensiva también a esta obra.
Es por ello, seguramente, que el común del gusto europeo –y me incluyo- está acostumbrado a un ‘sonido Chaicovsqui’ más amplio y carnoso que el que procuran las orquestas rusas, de natural…
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