La casualidad -voluntaria- ha querido que en mis tres últimas visitas a Barcelona haya tenido la oportunidad de escuchar a las tres mejores orquestas sinfónicas rusas del momento: una, la del Teatro Mariinski, que las autoridades soviéticas mantuvieron celosamente guardada dentro de sus fronteras; otra, la Nacional de Rusia, que nació justamente a consecuencia de la caída del muro de Berlín; y finalmente, la Filarmónica de San Petersburgo, única y distinguida superviviente de los regímenes zarista y comunista.
La orquesta, que en el año 2002 celebró su segundo centenario -se dice pronto-, está en una forma esplendorosa. O mejor dicho, se mantiene en una forma esplendorosa. Porque probablemente ahí resida el secreto de su supervivencia, en saber mantener sus cualidades contra viento y marea, a base de dos elementos fundamentales: de un…
Comentarios