Hay diferentes maneras de gozar del arte o de la música. Una es el placer de un sentimiento profundo, que es capaz de hacer brotar las lágrimas. Otra, el quedar deslumbrado ante la belleza. Y el tercero, de ser exuberantemente feliz al asistir a un concierto, sencillamente porque allí se conjugan la inteligencia, un programa interesante, una excelente interpretación, y una total ausencia de convencionalismos, o sea, que se respira aire fresco y nuevos impulsos.
Es este último placer el que experimenté -y estoy seguro que la mayoría del público asistente- al oír nuevamente a Gidon Kremer al frente de esa excelente orquesta de cuerdas que es la Kremerata Báltica. Se presentaron en una formación de 7/6/4/4/2, con timpani y vibráfono, Kremer actuando de solista. En una de las obras, no hay solo de violín y él mismo hace de concertino, lo que…
Comentarios