Suerte y castigo a la vez, los guitarristas clásicos lidian toda su carrera con el hecho de ser ejecutantes del más popular de los instrumentos populares (y valga aquí la rebusnancia). Por un lado, cuentan con una propuesta que, de partida, es mucho más cercana al público no versado en los asuntos de la llamada música clásica, convirtiéndose en una excelente puerta de entrada hacia este área para los oyentes amantes de la música pero habitualmente renuentes a este tipo de composiciones. Por el otro lado, resultan un poco excluidos de la vida 'cultural' musical, por cuanto muy esporádicamente los grandes teatros presentan guitarristas, cuyas participaciones suelen reducirse a conciertos solistas (rara vez realizados en grandes salas) o presentaciones de obras instrumentales de sólo un puñado de compositores (Vivaldi, Boccherini, Albéniz,…
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