“Tuve que quitarme toda la ropa, me afeitaron la cabeza y tatuaron el número 69388 en mi brazo izquierdo”. La encargada de estas tareas junto a las duchas de desinfección era una prisionera como ella, que luego de pedirle como regalo esos zapatos que ya no necesitaría, le preguntó qué sabía hacer. Cuando Anita Lasker le contestó que tocaba el chelo, la encargada le anunció “¡salvada!” y le pidió se hiciera a un lado.
Desnuda y con un cepillo de dientes en la mano Anita vio llegar poco después a Alma Rosé, una sobrina de Gustav Mahler en elegante abrigo de piel de camello. La directora de aquél celebre conjunto de los años treinta, las Wiener Walzermädel (“Las señoritas del vals vienés”) había conseguido retardar su destino regenteando en Auschwitz una orquesta de mujeres hasta entonces sin chelista, encargada de acompañar musicalmente…
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