Apenas algo más de tres cuartos de entrada en el Palau de la Música para escuchar a una de las cuatro o cinco mejores orquestas sinfónicas de Europa (es decir, del mundo), cuando en cualquier otro lugar civilizado de esa misma Europa habría codazos para conseguir una entrada. ¿Por qué? Quiero pensar que no es por el programa - a estas alturas los ballets de Stravinski ya no asustan a nadie, y la Patética tiene parroquia asegurada-; y quiero pensar que en Barcelona hay melómanos bastantes como para apreciar la inmensa calidad de la Real Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam; así que prefiero no pensar que la razón sea la falta de gancho del director.
Pero es que en el Concertgebouw no tienen costumbre de fichar a vedettes, sino a músicos competentes. Échese un vistazo, si no, a la escueta nómina de los directores titulares de esta…
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