Pocas veces la primera audición de una nueva obra sinfónica llega a emocionarme tanto como lo hizo el Adagio para orquesta de Josep Soler. Desde el inicio de la obra, el sutil y muy personal mundo armónico del autor catalán captura al auditor atento y experimentado. De hecho, uno se siente transportado a un mundo emotivo en el que la realidad sonora te zarandea, te sacude la consciencia y te deja una profunda huella en la conciencia.
Un ambiente en el que intervalos melódicos, colores orquestales y expresión de claro origen mahleriano (¡esas violas respondidas por los contrabajos!) van creando un tono que se podría calificar como de serenamente pesimista. Este ambiente se ve entreverado con momentos de cierta esperanza, bruscamente interrumpidos por la realidad, dura como una lluvia de rocas. Véase por ejemplo el pasaje protagonizado por…
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