Una de las pocas cosas previsibles en relación con el público compostelano y su asistencia a los conciertos de la temporada regular de su Real Filharmonía es que el lleno del aforo no depende nunca del programa ni de la batuta, sino que sólo se consigue cuando en el cartel se cuelga el nombre de un solista instrumental. Supongo que es uno de los síntomas de una ciudad universitaria: aquí hay mucho estudiante, y por lo tanto también los hay de instrumentos musicales. Si, además, el solista es de relumbrón, pues miel sobre hojuelas porque el Auditorio registra una entrada más que notable.
Como esta noche, en la que el veteranísimo Aldo Ciccolini (Nápoles, 1925) se presentaba en Santiago, y nada menos que con el Segundo concierto de Rachmaninov (las casualidades de la vida –por no decir la pereza de los programadores- han querido que ésta…
Comentarios