La soberbia interpretación que, el viernes, en el Teatro Nacional, el director titular, Chosei Komatsu, y la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN) modelaron de la Sinfonía n° 2 en mi menor opus 27, del ruso Serguei Rajmáninov (1873-1943), me pareció la más consumada y lucida de cuantas le he escuchado al conjunto bajo el maestro, comparable solo con la lectura estupenda que, a fines del 2002, forjaron de la Consagración de la primavera, de Igor Stravinsky, y que posteriormente le valió al japonés el nombramiento como titular.
Estrenada en Moscú, en febrero de 1908, con el compositor en el podio, la obra es una de las cumbres del repertorio posromántico, tanto por su abundante riqueza melódica, como por la orquestación opulenta y la organicidad de su estructura, de donde emerge la música en forma espontánea e inevitable.
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