Como viene siendo tradicional, la organización del Festival Internacional de Música de Galicia se caracteriza por la rara habilidad para registrar buenas entradas en los conciertos de medio pelo, y asistencias paupérrimas –con alguna salvedad, las cosas como son- en los espectáculos que realmente valen la pena. Este año no ha sido una excepción, y el de esta noche es un nuevo ejemplo de cómo el público compostelano, que niega el pan y la sal a su estupenda orquesta residente, acude en masa para escuchar a otra de tercera categoría, y además se desgañita aplaudiéndola.
En efecto: mal, muy mal tienen que ir las cosas en Ucrania –antaño la segunda república más poderosa de la Unión Soviética- para que su Orquesta Sinfónica Nacional se vea reducida a un abnegado conjunto de músicos –algo más de una sesentena- que viajan en un par de…
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