Tocar música clásica al aire libre siempre entraña un riesgo, sobre todo si el escenario prescinde de elementos acústicos -como una concha- para dar prioridad a un marco estético natural, como lo son las copas frondosas de los árboles del Parque Samá, que cubren la tarima sobre la cual se ubica la orquesta. Eso sí, la arboleda, inteligentemente iluminada, con el palacio del parque en segundo plano, constituyen un deleite para los ojos. Si ello trae aparejado una ausencia total de reverberación, porque la abundante vegetación se come una gran parte de la sonoridad, nuestros oídos lo acusan, y más aún cuando a diario consumimos música con efectos sonoros generosos.
Tomando todo ello en cuenta, hay que decir que la Orquesta Sinfónica del Vallés se defendió bastante bien. Hubo, en general, mucha limpieza, buena afinación, buena coordinación ……
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