La primera de la serie de decepciones y desagrados llegó antes siquiera de entrar en el teatro. En las puertas de acceso se podía leer en una nota que Marc Minkowski no iba a poder desempeñar la dirección musical por prescripción facultativa. El que, en un principio, y a juzgar por las opiniones que se hicieron oír sin ningún disimulo de rabia los días anteriores, iba a ser lo único que iba a merecer la pena se esfumó.
Un vecino de platea afirmaba antes siquiera de empezar la representación algo así como “fulanito es malo, menganito es peor, y la producción es intolerable”, con la autoridad que le daba el haber asistido días antes a una representación. Tres horas después formó parte de uno de los mayores abucheos generalizados que he presenciado en el Teatro Real desde que el Señor Cura, voce ferita, dejó de venir por estos lares.
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