Cuando empecé a estudiar solfeo, los 'Prolegómenos' (que así se llamaban) de mi libro de texto decían que "El silencio es música" y la dichosa frasecita me fue repetida frecuentemente por la profesora de solfeo dada mi tendencia a abreviar los silencios, a los cuales -según recuerdo- les veía escasa utilidad. En cambio ahora aprecio cada vez más el silencio y admiro mucho más a un músico que sabe tocar o dirigir silencios, que al que sólo entiende de notas musicales.
No es raro por tanto que Arvo Pärt (1935) sea uno de mis compositores favoritos y que el concierto dedicado a su Kanon Pokajanen me resultara a priori uno de los acontecimientos del Festival (debo reconocer que en dura competencia con el Boris Godunov que dirigió, el mismo día, Valeri Gergiev). Es fácil cuando uno está tan ilusionado verse defraudado, pero ni Boris ni Kanon…
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