Conquistada ya por el Boris Godunov de Gergiev, asistí al concierto sinfónico de la Orquesta del Teatro Mariinski con auténtica expectación y no quedé defraudada. Como director, Gergiev pertenece a la escuela de los directores que lo quieren todo controlado y conduce a sus huestes (el término militar es adecuado) férreamente, sin dejar espacio para la individualidad. El gesto es muy preciso y lo marca todo, incluso tratándose de un programa que la orquesta conoce tan bien como el de este concierto. Como toque personal me hizo gracia que Gergiev tiene un gesto muy alto, fruto seguramente de su especial dedicación al foso.
Es de agradecer el esfuerzo realizado por la Orquesta del Mariinski y Gergiev, viajando de Helsinki a Estocolmo en barco -con concierto incluido- el 12 de agosto, realizando a la mañana siguiente una larga rueda de prensa…
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