El sábado pasado, todavía con la resaca de la Octava de Mahler que interpretó la Orquesta Sinfónica de Galicia el día anterior, nos acomodamos (es un decir) en las butacas del Kursaal para adentrarnos, de la mano de los mismos intérpretes, en un programa compuesto de Schubert y Wagner.
La Quinta sinfonía de Franz Schubert, quien la compuso cuando tenía tan solo diecinueve años, es ejemplo de un clasicismo evolucionado. La rareza de la falta de introducción lenta precede a un movimiento lento a modo de lied característico schubertiano, aunque con claras reminiscencias mozartianas que incluso al menos entendido le recordará a algún pasaje de La flauta mágica, por ejemplo; en el tercer movimiento, 'Menuetto' (un scherzo, en la práctica) deja entrever la identidad de su sinfonía preferida, la cuadragésima de Mozart, y el cuarto, 'Allegro…
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