Malos vientos y feas tempestades se cernían sobre la Metropolitan Opera cuando, en 1975, James Levine accedió al puesto de director musical de la centenaria institución lírica; la crisis era profunda, y la temporada, reducida a niveles de emergencia. Hoy, 25 años después, la Met goza de envidiable salud y cuenta con la, en mi opinión, mejor orquesta de foso de todas las compañías de ópera de prestigio internacional. Levine es, ante todo, y como lo fue su maestro Georg Szell, un forjador de orquestas, un formador de músicos, un orchestral trainer de categoría, que dirían en su patria.A finales de los 70, Levine se encontró con una orquesta envejecida, burocratizada, donde la seguridad laboral primaba sobre la calidad artística. Además, estaba bajo el férreo control del poderoso sindicato de músicos, que apoyaba la incorporación o…
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