A estas alturas parece que está claro que lo mío no tiene remedio. Ayer volví a ver una Giselle más, y volví a emocionarme con un bobo. No lo puedo evitar. Hay algo en esta obra que me arrebata y supera. Y es que, a pesar de todo, Giselle sigue conservando la magia de lo primero, del hallazgo original. Y no sólo por ser la única obra que ha permanecido en el repertorio sin dejar de representarse desde que se estrenó (1841) sino por todo eso que tiene de memoria encarnada.Esta versión (que parte de la adaptación que Petipa realizara sobre el original de Perrot y Coralli) con la que nos regala Víctor Ullate, conserva todo ese misterio original sin perderse en artificios y en efectismos innecesarios. Si algo tiene esta Giselle es contención y, como resultado, una cuidada elegancia. Y esto no sería posible si no se contara con una sólida…
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