Es bien conocida la anécdota -real o inventada, eso es lo de menos- relativa al exabrupto que soltó el socarrón de Karl Böhm a Leonard Bernstein cuando éste le preguntó porqué no sudaba cuando dirigía: “Es que yo no bebo whisky”. Apuesto a que Daniel Harding tampoco es aficionado a los destilados, aunque suda, y mucho. Pero eso se debe a sus treinta lustrosos e insolentes años recién cumplidos, y al hecho de que, a esa edad, un director de orquesta se siente con toda la fuerza, la vitalidad y la energía del mundo como para mover los brazos igual que un motor turbohélice.
Cierto, Harding las da todas y las da bien dadas. Sus apariencias externas combinan los modos de sus dos mentores: la gestualidad de Claudio Abbado (el brazo derecho es casi una fotocopia) y la mirada diabólica de Simon Rattle (que carga con balas de verdad todas las…
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