Muy excitante resulta a priori un concierto como éste, en el que la variedad estilística e histórica de las obras no implica ninguna merma de calidad o punto bajo. Está claro que lo más conocido y "agradecido" es la Octava Sinfonía de Beethoven, convenientemente dispuesta al final; pero esto no implica que forzosamente tenga que ser lo más conseguido en cuanto a interpretación, como veremos.
Si algún defecto se le puede achacar al Haydn de Haselböck -organista y director todo-terreno capaz de abordar y grabar con igual éxito obras barrocas y contemporáneas- es el de excesiva "frugalidad", de que la música haya sonado demasiado directa. Sabemos que el secreto de los buenos intérpretes de Haydn parte de dar con una mezcla de los posibles ingredientes que luego se vea reflejada en los estrictamente musicales: el humor, lo popular, lo…
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