Ignoro cómo se iniciará el cortejo: si será el director el que comience a insinuarse a la partitura hasta obtener de ella los secretos de todos sus rincones o si será ésta la que despliegue provocativa, engarzados por las varillas de los pentagramas, los infinitos colores de su abanico. El caso es que una vez establecida la relación, la dulce violencia con la que Salonen posee a la música que dirige, arrastra al espectador en una suerte de fiesta total que compromete tanto a los sentidos como al intelecto. Con la boca abierta, uno cree ver lo prohibido de la música (habría que inventar un término similar al de voyeur para el que escucha de ese modo). Estupefacto, uno comprueba que lo que suena, más que poder ser así, es así.
Uno de los puntales de las interpretaciones del finés es la reverencia por el silencio. A nadie le suenan los…
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