El programa para este último concierto del año del Liceo de Cámara prometía mucho, y anticipo desde ahora que mis expectativas fueron largamente superadas. A pesar de que los componentes del Cuarteto de Tokio incorporan con reticencia a sus versiones las nuevas sonoridades surgidas del historicismo, la calidad que producen es tal que uno los escucha no solo con admiración sino con mucho placer.
El programa fue, desde luego, de insuperable calidad. Confieso que los quintetos de Mozart, con dos violas, me gustan aún más que sus cuartetos maduros, que ya es decir. Pero la sonoridad que el salzburgués sabe extraer de ese ‘sobrepeso’ de instrumentos graves -dos violas y violoncello versus dos violines- es de tal belleza, que no me queda más remedio que inclinarme por aquellos.
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