Al Concierto de Navidad de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León no le faltó nada típico de este tipo de celebraciones puntuales: público algo distinto y más ruidoso que habitualmente, incluidos abuelos con niños, muchos de ellos bastante ajenos al hecho musical; prisas y sofocos por el abominable tráfico vallisoletano en hora punta, agudizado por esas eternas y sobrenaturales obras urbanísticas que, como las caras de Bélmez, tienen la capacidad de trasladarse y reproducirse, infundiendo temor, pero sin desaparecer jamás; localidades ocupadas incorrectamente por caraduras que habían pagado otras, con el consiguiente revuelo cuando el verdadero dueño reclamaba gallardamente su plaza, a veces con la música sonando (en el teatro debería tenerse mucho más cuidado con este tipo de afluencia). Caramelos de menta por doquier... En fin, ya se…
Comentarios