Si Walter Legge levantara la cabeza, volvería a descansar satisfecho al comprobar que ‘su’ orquesta –la que él creó, amó, encumbró y traicionó en menos de veinte años (¿qué gran hombre no ha hecho eso alguna vez con lo que más quiere?)– sigue siendo un instrumento preciso y redondo que sabe plegarse a las instrucciones de la batuta, incluso cuando la batuta no da instrucciones de ninguna clase. ¡Qué grandísima orquesta es la Philharmonia!
Es verdad que sus tiempos de gloria pasaron –lejos quedan los años cincuenta con Karajan, los sesenta con Klemperer y los setenta con Muti–, y que últimamente la London Symphony le saca varias cabezas en la feroz competencia entre las orquestas londinenses. Pero la Philharmonia conserva sus cualidades de siempre: una respuesta sonora impresionante y una disciplina a toda prueba que nacen de una cuerda…
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